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Para entender qué pueda tener que ver el Zen y la escalada, o el Zen y cualquier actividad física, primero hay que entender mínimamente qué es el Zen.
Un definición simple y probablemente demasiado inexacta del origen del Zen es que es la práctica que surge de la colisión del Budismo indio con el Taoismo chino. Florece en China y sobrevive en Japón hasta la actualidad.
Lo que caracteriza notablemente el Zen es la dedicación total a la búsqueda de la iluminación o Satori, que es ese estado de perfecta calma y comprensión de la realidad que en lenguaje budista se acercaría al Nirvana.
Así pues el Zen es básicamente práctica y propugna un desprecio notable de toda escritura o filosofía compleja. Nada más ajeno a las especulaciones metafísicas que el Zen. No encontrareis en un texto Zen jamás ninguna reflexión sobre si dios o el alma existen, o cual es el origen del universo. Probablemente si preguntais tales cosas a un Sensei Zen recibais una respuesta que os sorprenda..
Así en el Zen la búsqueda de la sencillez y la naturalidad son la prioridad, de hecho el Satori se describe a veces como el retorno a la naturaleza original de todos los seres, intentar volver a ser como son el resto de seres vivos, naturales, sencillos, directos, sin dudas ni complejidades, centrados en el presente, sin angustias por el futuro, ni remordimiento por el pasado…
Desde el punto de vista del Taoismo las mismas ideas se relacionan con el fluir de la persona junto con el Tao (el orden universal), el concepto de Wu wei (inacción, fluir o dejarse llevar ) y la renuncia a las escrituras o la especulación metafísica con las famosas frasse del Tao Te Ching “Quién sabe no habla, quién habla no sabe” o “El Tao que puede expresarse con palabras no es el verdadero Tao”
Ese estado natural comprensión perfecta, también se caracteriza necesariamente por una supresión de ego o mente racional o discursiva (la que habla dentro de nuestras cabezas) y ese “olvido de uno mismo” ha sido siempre una característica reconocida por muchos artistas durante su momento de creación. Así pues no es extraño que muchas artes japonesas acabasen influidas por el Zen y muchos artistas convertidos en practicantes de este método.
Artes japonesas como el Ikebana (arreglo floral), poesia (especialmente el Haiku), caligrafía (denominada Sumi-e), teatro, etc… son intrínsecamente Zen y se considera que sus prácticantes han de ejecutarlas en ese estado de calma no-reflexiva, ese olvido de uno mismo que propugna el Zen.
Ese estado natural conjuga dos características que se hicieron irresistibles también a otras actividades menos apacibles, en concreto al arte de la guerra. Las dos características de ese olvido del ego son que nos aleja del miedo a la muerte y que el estado natural y calmado en el que estamos nos permite una ejecución física de gran perfección incluso en situaciones que serían de extrema tensión para otros, por ejemplo en medio de la batalla.
Y así es como los samurais japoneses acabaron adoptando el Zen como su religión de cabecera y así es como aparecieron libros como el de Musashi (El libro de los cinco anillos) donde la filosofía Zen (aquí especialmente cercana al Taoismo) se adapta al arte de la guerra. Y es por ello que artes marciales como el tiro con arco o la esgrima (kendo) quedaron impregandas de Zen.
Esto no es nada exclusivo de Japón, no olvidemos que los monjes Shao-Lin en China, famosos por el dominio de las artes marciales) son básicamente monjes Ch’an (Zen en chino).
Con este esbozo absolutamente incompleto del Zen (cada párrafo de este texto ha dado para escribir varios libros) podemos empezar a intuir qué podría aportar el Zen a los escaladores.
-I. Nakata
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Cast your mind back to the days, when I pretend’ I was OK.
I had so very much to say, about my crazy livin’.
Now that I’ve stared into the void, so many people I’ve annoyed.
I have to find a middle way, a better way of givin’.
So I haven’t given up, but all my choices, my good luck
appear to go and get me stuck in an open prison.
Now I am tryin’ to break free in a state of empathy.
Find the true and inner me, eradicate this prison.
No-one can take it away from me and no-one can tear it apart.
‘Cause a heart that hurts, as a heart that works.
A heart that hurts, is a heart that works.
Maybe an elaborate fantasy, but it’s the perfect place to start.
‘Cause a heart that hurts, is a heart that works.
A heart that hurts, is a heart that… works.
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Su origen en la parte no consciente del cerebro no implica que se pueda vivir al margen del sistema límbico. A pesar del escaso conocimiento acumulado sobre los procesos y la inteligencia emocional con relación a las actividades ubicadas en la corteza superior del cerebro, sería aberrante creer que se puede vivir al margen de las emociones.
Sin embargo, ése fue el modelo elegido por los humanos desde los albores de la historia del pensamiento, incluso a partir de la etapa «civilizada» que arranca en los tiempos babilónicos, gracias a la invención de la escritura. Aquel modelo se ha prolongado hasta hace menos de una década. De ahí que el siglo xx nos haya dejado con esa impresión, como me dijo en una ocasión el pintor Antonio López, «de falta de esplendor».
Esa falta de esplendor obedece a razones que van mucho más allá del error de haber singularizado las emociones como la componente irracional y detestable del ser humano; una característica de todas las grandes religiones y de los pensadores griegos como Platón. Es más, hasta hace muy pocos años, también la comunidad científica despreciaba el estudio del sistema emocional como algo voluble, difícil de evaluar y por lo tanto ajeno a su campo de investigación.
-E. Punset
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La mente consciente es un multiplicador de emociones. Recuerda constantemente situaciones buenas o malas y hace que el cuerpo reaccione a esos pensamientos como si le pasasen cosas buenas o malas de nuevo. Lo mismo hace con el futuro, prevee situaciones buenas y malas y nos las hace vivir mil veces.
Es por ello que la reducción del uso de la mente consciente sólo a las situaciones en que es necesaria, reduce el estrés emocional y nos acerca a la reacción natural de todos los seres: sufrir en el momento, disfrutar en el momento y pasar limpios emotivamente a la siguiente situación…
Ese es el secreto del equilibrio emocional sugerido por el Zen.
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A fin de mes volví a Tokio. Sensei había vuelto mucho antes. Cuando me despedí de él, le había preguntado:
-¿Me dejará usted ir a visitarle en su cas de vez en cuando?
Sensei contestó simplemente:
-Bueno.
Como creía que sensei y yo habíamos llegado a ser bastante buenos amigos, la verdad es que había imaginado una respuesta más calurosa. Esta lacónica respuesta me desanimó.
A menudo, sensei me decepcionaba con cosas así. A veces parecía darse cuenta y otras veces era como si no se diera cuenta en absoluto. Expuesto una y otra vez a esas ligeras decepciones, me hallaba precisamente en una situación en la que no podía alejarme de sensei.
[...]
Ahora, después de su muerte, creo que he empezado a comprenderlo todo. No es que sensei sintiera aversión hacia mí. Aquellos saludos tan secos y actitudes tan frías no eran en realidad expresiones de rechazo o disgusto para alejarme. Eran formas de advertirme que no merecía la pena acercarse a él por que era una persona sin ningún valor. Sensei no reaccionaba al cariño de la gente porque se despreciaba a sí mismo y no por menosprecio a los demás.
-Natsume Soseki
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It’s only when I lose myself in someone else
That I find myself
I find myself
Something beautiful is happening inside of me
Something sensual, it’s full of fire and mystery
I feel hypnotized, I feel paralyzed
I have found heaven
There’s a thousand reasons
Why I shouldn’t spend my time with you
For every reason not to be here I can think of two
Keep me hanging on
Feeling nothing’s wrong
Inside your heaven
It’s only when I lose myself in someone else
That I find myself
I find myself
I can feel the emptiness inside me fade and disappear
There’s a feeling of contentment now that you are here
I feel satisfied
I belong inside
Your velvet heaven
Did I need to sell my soul for pleasure like this
Did I have to lose control to treasure your kiss
Did I need to place my heart tn the palm of your hand
Before I could even start to understand
It’s only when I lose myself in someone else
That I find myself
I find myself
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Simon nació en Lumbini, Massachussets a principios del siglo XX. Hijo de Debi, esposa de un multimillonario propietario de cadenas de alimentación por todo el mundo.
A Simon lo calificaron de super dotado ya en primaria y se le designó un destino brillante siguiendo los pasos de su padre. Este lo envió a los mejores internados y lo mantuvo alejado de la sociedad para evitar que esta lo pervirtiese y así se centrase sólo en su educación.
Al acabar brillantemente los estudios empezó la dirección de infinito conglomerado de empresas familiares repartidas por todo el planeta. Se casó con una mujer de su clase y tuvo un hijo.
A los 29 años, volviendo del trabajo con su deportivo tuvo un accidente y quedó tetrapléjico. Los mejores médicos hicieron cuanto pudieron pero Simon sólo podía mover los ojos.
Así empezo la segunda parte de la vida de Simon. Un infierno.
La mente lúcida y brillante atrapada en el cuerpo paralizado y roto sentía pasar cada minuto como si fueran años condenado a retorcerse mentalmente en su propia desgracia. Una condena millones de veces peor que cualquiera que pudiera crear el ser humano, sin tan siquiera la posibilidad de poner fin a su vida, sin poder explicar a nadie su sufrimiento interior, gritaba y lloraba dentro de su cabeza y enloquecía sin poder mover ni un dedo. Se hubiera arrancado el pelo, los ojos y el corazón con las manos, saltado del piso cincuenta donde vivía, se hubiera quemado vivo. Cualquier destino era mejor que el que le esperaba.
Externamente era un cuerpo impasible y quieto, un objeto. Sólo, para un observador atento, sus ojos revelaban la furia interior.
Muerto en vida acabo aceptando su destino, pero su voluntad era férrea y su mente excepcional, con las horas y horas infinitas en las que sólo podía pensar y pensar pasó de atormentarse a idear un camino de liberación de su sufrimiento. Halló el camino ya encontrado millones de veces en la infinita historia del universo y empezó a recorrerlo, paso a paso, lenta pero inexorablemente. Tiempo para meditar no le faltaba.
Llegado el momento, el único cambio exterior que se percibió fue una respiración más calmada y profunda y unos ojos entrecerrados.
A los 35 años, mientras era paseado por un criado en una silla de ruedas bajo un ábol del parque de Lumbini sus ojos se iluminaron súbitamente y lágrimas corrieron por sus mejillas.
Vivió hasta los 80 años y murió plácidamente.
Ese dia se inclinó muy ligeramente sobre el lado derecho (hay quien dice que eso era imposible) y dicen que cayó una lluvia de flores.