Un petit calfred de l’ànima


Cuento azul
Enero 30, 2009, 12:13 am
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Tan intenso era el frío, que el mercader holandés perdió los cinco dedos de su pie izquierdo; al mercader italiano le amputó los dedos de la mano derecha una tortuga que él había tomado, en la oscuridad, por un simple cabujón de lapislázuli. Por fin, un negrazo salió del palacio llorando y les explicó que, noche tras noche, las damas rechazaban su amor por no tener la piel suficientemente oscura. El mercader griego supo congraciarse con el negro merced al regalo de un talismán hecho de sangre seca y de tierra de cementerio, así es que el nubio los introdujo en una gran sala color ultramar y recomendó a las mujeres que no hablaran demasiado alto para que no despertaran los camellos en su establo y no se alterasen las serpientes que chupan la leche del claro de luna.

Los mercaderes abrieron sus cofres ante los ojos ávidos de las esclavas, en medio de olorosos humos azules, pero ninguna de las damas respondió a sus preguntas y las princesas no aceptaron sus regalos. En una sala revestida de dorados, una china ataviada con un traje anaranjado los tachó de impostores, pues las sortijas que le ofrecían se volvían invisibles al contacto de su piel amarilla. Ninguno advirtió la presencia de una mujer vestida de negro, sentada en el fondo de un corredor, y como le pisaran sin darse cuenta los pliegues de su falda, ella los maldijo invocando al cielo azul en la lengua de los tártaros, invocando al sol en la lengua turca, e invocando la arena en la lengua del desierto. En una sala tapizada de telas de arana, los mercaderes no obtuvieron respuesta de otra mujer, vestida de gris, que sin cesar se palpaba para estar segura de que existía; en la siguiente sala, color grana, los mercaderes huyeron a la vista de una mujer vestida de rojo que se desangraba por una ancha herida abierta en el pecho, aunque ella parecía no darse cuenta, ya que su vestido no estaba ni siquiera manchado.

-M. Yourcenar



El Otro Yo
Enero 28, 2009, 12:13 am
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Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la naríz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse imcómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañama siguiente se habia suicidado.

Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.

Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas.

Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».

El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

-M. Benedetti



El mono desnudo
Enero 25, 2009, 12:13 am
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Hay ciento noventa y tres especies vivientes de simios y monos. Ciento noventa y dos de ellas están cubiertas de pelo. La excepción la constituye un mono desnudo que se ha puesto a sí mismo sí mismo el nombre de Homo sapiens. Esta rara y floreciente especie pasa una gran parte de su tiempo estudiando sus más altas motivaciones y una cantidad de tiempo igual ignorando concienzudamente las fundametales. [...] Es un mono muy parlanchín, sumamente curioso y multitudinario, y ya es hora de que estudiemos su comportamiento básico.

-D. Morris (Introducción de “El mono desnudo”)



Orgull
Enero 24, 2009, 12:13 am
Archivado en: Cançons

Estic fora de mi, estic fora de lloc, però no em fa cap vergonya dir-te realment com soc.

Hauría d’estar per sobre, potser hauría d’estar mort, però cada dia que passa es torna tot més fosc.

Estic fora de mi, estic fora de joc, només queden reliquies de tot el que jo soc.

Hauría d’estar per sobre, potser hauría d’estar mort, deixar que tothom pensi que no he arribat enlloc, deixar que tothom pensi que no he arribat enlloc.

Fora massa aviat, però no fora del tot, ja no et molesto més, o genys es menys que poc?



Los cuatro estadios de la competencia
Enero 22, 2009, 12:13 am
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Existen cuatro estadios o niveles de competencia en cualquier ámbito:

  • Incompetencia inconsciente
  • Incompentencia consciente
  • Competencia consciente
  • Competencia inconsciente

En el primer estadio ignoramos algo pero no somos conscientes de ello. Sería por ejemplo la situación de un gato con respecto al pingpong.

En el segundo estadio ignoramos algo, pero al menos lo sabemos. Sería por ejemplo mi situación con respecto al pingpong.

En el tercer estadio hemos aprendido algo pero aún no lo hemos interiorizado, necesitamos nuestra mente consciente para hacer cada paso. En este estadio somos torpes. El ejemplo típico es aprender a conducir: cuanto nos abruma el tener que estar pendientes de tres espejos, tres pedales, seis marchas, multitud de mandos y millones de obstáculos que se avalanzan sobre nosotros.

En el cuarto estadio hemos aprendido algo y lo hemos interiorizado, igual que no pensamos en como se camina, ni pensamos en como se conduce. Lo hacemos y punto.

Sólo con este cuarto estadio llevado a su punto más alto se puede alcanzar la maestría Zen que se exige a los practicantes del tiro con arco, haiku, ikebana, pintura o ceremonia del té…

Sólo en este estadio se puede fluir.

Pero cuidado, los vicios adquiridos en la fase anterior serán muy difíciles de erradicar en esta última, a menos que demos un paso atrás y volvamos a la competencia consciente.

Aplíquese a la disciplina que se desee.

-Ensō



Tú eres tu cuerpo
Enero 19, 2009, 12:13 am
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Después de caer del estado de gracia, los humanos despertaron repentinamente en lo que parecían ser cuerpos animales, y este hecho les resultó muy inquietante. “No te engañes. No eres más que un animal”: ésta parecía ser la verdad que les miraba a los ojos, pero era una verdad demasiado molesta como para tolerarla. Rápidamente empezaron a negar de manera inconsciente su naturaleza animal. Empezaron a disociarse de su cuerpo. Ahora consideraban que tenían un cuerpo, en lugar de ser un cuerpo.

Cuando surgieron las religiones, esta disociación se hizo todavía más pronunciada, tomando la forma de la creencia “Tú no eres tu cuerpo” cuando paradójicamente lo único que no requiere de invenciones para ser cierto es algo tan simple, lógico y real como que: “Tú eres sólo tu cuerpo



Los placeres de la pobreza
Enero 18, 2009, 12:13 am
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La vejez de los pueblos de estirpe divina y sus verdades olvidadas.

La malilla de diamantes contra la hoja de palma, a través de la radio temblé.

Y  pagar con la moneda de la curiosidad en el suministro de charas.

Masturbación de interrogantes para sólo escuchar un susurro de hilo de plata.

Cegados por la voz de la inexperiencia nos arrastramos sin pensar.

A lomos del desierto hacia las cavernas, las huellas del peregrino me guiarán.

Mi ciudad estaba muerta antes de nacer. Pura sangre desbocado.

Detesto a los tibios de vocación y dicen que a la fuerza ahorcan.

Ningún otro cielo en la tierra cruzó la cara al sí y al no, dejando condena y cadenas del lado opuesto a la razón.

Y los placeres de la pobreza han vencido a mi burlada revolución.