Archivado en: Fragments
Cogió el auricular, se lo llevó al oído y siguió una a una las instrucciones. Cuando por fin le contestaron, pidió que subieran una botella del mejor champaña que hubiera en la casa. “¿Cuántas copas?”, preguntó el empleado. “¡Tres copas!”, gritó el médico en el micrófono. “Y dése prisa, ¿me oye?” Fue uno de esos excepcionales momentos de inspiración que luego tienden a olvidarse fácilmente, pues la acción es tan apropiada al instante que parece inevitable.
[...]
De forma metódica, como solía hacerlo todo, el doctor Schwohrer se aprestó a la tarea de descorchar la botella de champaña. Lo hizo cuidando de atenuar al máximo la explosión festiva. Sirvió luego las tres copas y, con gesto maquinal debido a la costumbre, metió el corcho a presión en el cuello de la botella. Luego llevó las tres copas hasta la cabecera del moribundo. Olga soltó momentáneamente la mano de Chejov (una mano, escribiría más tarde, que le quemaba los dedos). Colocó otra almohada bajo su nuca. Luego le puso la fría copa de champaña contra la palma, y se aseguró de que sus dedos se cerraran en torno al pie de la copa. Los tres intercambiaron miradas: Chejov, Olga, el doctor Schwohrer . No hicieron chocar las copas. No hubo brindis. ¿En honor de qué diablos iban a brindar? ¿De la muerte? Chejov hizo acopio de las fuerzas que le quedaban y dijo: “Hacía tanto tiempo que no bebía champaña… ” Se llevó la copa a los labios y bebió. Uno o dos minutos después Olga le retiró la copa vacía de la mano y la dejó encima de la mesilla de noche. Chejov se dio la vuelta en la cama y se quedó tendido de lado. Cerró los ojos y suspiró. Un minuto después dejó de respirar.
Archivado en: Cançons
In the temple of love you hide together
Believing pain and fear outside
But someone near you rides the weather
And the tears he cried will rain on walls
As wide as lovers eyes
And the devil in black dress watches over
My guardian angel walks away
Life is short and love is always over in the morning
Black wind come carry me far away
With the fire from the fireworks up above
With a gun for a lover and a shot for the pain
You run for cover in the temple of love
I shine like thunder cry like rain
And the temple grows old and strong
But the wind blows longer cold and long
And the temple of love will fall before
This black wind calls my name to you no more
Archivado en: Fragments
-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.
[...]
De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando eI día de la partida:
-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.
-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique…
-Ciertamente -dijo el zorro.
- ¡Y vas a llorar!, -dijo el principito.
-¡Seguro!
-No ganas nada.
-Gano -dijo el zorro- he ganado a causa del color del trigo.
A. Saint-Exupéry
Archivado en: Cançons
You’re just like an angel
Your skin makes me cry
You float like a feather
In a beautiful world
I wish I was special
You’re so fucking special
But I ‘m a creep
Archivado en: Contes
—¿Para qué es? ¿Es un florero?
—No —dijo mi madre—, no es para flores.
—¿Para qué, entonces?
—Para nada. Sencillamente es hermoso, tiene una forma preciosa. Sirve sólo de adorno; pero no lo toques, por favor.
—¿Por qué?
—Porque las cosas hermosas no se tocan —dijo mi madre, y salió.
[...]
Un día se me inflamó una amígdala y no fui a la escuela. Permanecí en cama, leyendo una historieta ilustrada en papel color de rosa… Bueno, no del todo rosa, pero de un tono bastante parecido. Seguía yo con la mirada las peripecias de La mosca; pero con los ojos de la imaginación contemplaba el vaso en la mesa. Permanecía allí extraño, perfecto e intocable. Aunque no había nadie en casa, me acerqué sigilosamente, de puntillas. Irrumpí en el silencio en que el vaso se envolvía como entre algodones. Tiré del mantel y el vaso se tambaleó. Tiré más fuerte. El vaso cayó de lado. Había algunos periódicos en la mesa. El vaso rodó unos cuantos centímetros y se detuvo en el borde. Desde su interior brillaba el azul. Sabía lo que iba a suceder. Estaba terriblemente, asustado. Comencé entonces a rezar: “Ángel Santo de mi guarda, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”; pero algo me impulsaba, y volví a tirar del mantel. Ahora ya no creo en él, pero entonces fue el demonio quien se me apareció; fue el demonio quien movió mi mano y me hizo tirar del mantel. Yo realmente no quería hacerlo. Pude aún, en el último momento, detener el vaso, pues giró sobre su eje y muy lentamente cayó al suelo. Sí, cayó muy lentamente; pude haberlo detenido en el aire… Pero el demonio me sujetó las manos. Ahora puedo ya reírme. Esa vez fue la única que el “demonio” logró tentarme. A partir de entonces, siempre que he pecado lo he hecho por mi cuenta…
-T. Rozewicz
Archivado en: Cançons
And all the roads we have to walk along are winding
And all the lights that lead us there are blinding
There are many things that I would
Like to say to you
I don’t know how
Because maybe
You’re gonna be the one who saves me ?
And after all
You’re my wonderwall
Archivado en: Fragments
[...]
En el interior del tranvía goteaba una claridad amarilla. De vez en cuando subían unos pasajeros esfumados y volvían a desaparecer, misteriosamente, sin que el vehículo se detuviese. Enfilaba dando saltos por una región lamida por el abatimiento, en la que se escurrían sombras apelotonadas, a ras del suelo. En lo alto soplaba el viento enfurecido. Relámpagos como navajas desgarraban la noche. En el seno de la obscuridad se incubaba una tormenta. Truenos apagados rodaban en la lejanía. El tiempo había cambiado. Hacía frío, se sintió helado. Una humedad peligrosa como una fiebre lo calaba hasta los huesos. Y de pronto se derrumbó el temporal. Masas de agua negra caían sobre el tranvía, resonaban los truenos hondamente, como galgas que se despeñan en un precipicio, y el vehículo zigzagueaba en la sombra perseguido por los rayos y los relámpagos.
[...]
Ahora la campanilla se agitaba débilmente. La mano del guarda parecía fatigada. La miró asida al cordón, y vio que era una mano de viejo, con la piel rugosa y seca. Siguió la dirección de la mano cuando ésta descendió y, horrorizado, advirtió que el guarda había envejecido: sus cabellos, blancos, lacios, le colgaban como ramas de cerezo sobre los hombros y la espalda; hondas arrugas surcaban su rostro en todas direcciones. Su uniforme, deshilachado, había perdido color y forma.
Tuvo miedo de llevarse la mano a la cara, de mirar siquiera la piel de sus manos.